De vuelta a casa

El hombre que regresaUno de nuestros últimos grandes poetas, José Luis Quesada, ha vuelto a publicar después de un silencio de más de veinte años. El hombre que regresa es el título de este nuevo libro, editado en Costa Rica, que ahora reseña Hernán Antonio Bermúdez:

Contra el artesonado del firmamento”. (p. 80)

Ya llevaba demasiados años sin publicar José Luis Quesada. Su último poemario había sido Sombra del blanco día  (1987), si bien una antología de su obra, La memoria posible, apareció en 1990. En todo caso, llevábamos al menos un cuarto de siglo sin acceso a novedades de este poeta, cuya carpintería está asentada en el dominio de sus recursos y el afinamiento de sus instrumentos.

Con El hombre que regresa, publicado recientemente en San José de Costa Rica, el poeta Quesada “vuelve por sus fueros” y en su retorno hace ver de nuevo que su obra posee una distintez definitiva y sobresale por su música hecha de palabras. En efecto, sus acordes (y eventuales desacordes) surgen tanto de su rico repertorio verbal como de la melodía distintiva que sabe crear con él.

El estilo, según Robert Louis Stevenson, es lo que funda el arte literario. Y en El hombre que regresa Quesada traza un flujo denso y luminoso con su estilo particular, edificado sobre frases bien hilvanadas que, no obstante, dejan suelto el tejido idiomático.

Me explico: el lector percibe la urdimbre compacta de los versos, un equilibrio en el vaivén del  péndulo palpitante del lenguaje, aun cuando el poeta, en los primeros versos del libro, es capaz de interrogarse: “¿Qué sentido es este, tan firme, de la seguridad/ y el equilibrio?” (p. 5).

Pareciera como si José Luis Quesada hubiera enrollado bajo la lengua la materia de El hombre que regresa para asegurarse de que el sabor sea grato antes de ultimar un poemario revestido –como una piel- de ese gusto, de “la índole edénica de la mandarina” (p. 45).

Así, al lector se le abre el cauce para descubrir el tintineo de los vocablos, el encanto de líneas exquisitas, la belleza de frases enhebradas merced al arma vieja de la asonancia: “Sabía a hierba parda, a musgo reventado bajo el cielo/ del paladar;/ olía a catástrofe, a herrumbre, a difunto” (p. 14).

Estos poemas podrían ser las notas de un viaje de exploración, de la errancia del celebérrimo “hijo pródigo” (no podía faltar aquí un poema con ese título) que, como siempre, desanda el camino, al borde mismo de la nada. Y si bien el poeta ve hacia el pasado, con fruición o desaliento, cuando “rodaba como una piedra blanca y redonda en la/pendiente de la vida” (p. 6), hasta alcanzar “la plenitud en la sombra” (p. 7), El hombre que regresa es, a la vez, una reflexión sobre la poesía en medio de la alienación cotidiana, engarzada con la aptitud de esquivar todo patetismo y las consabidas arias sentimentales. Con todo, el poeta confiesa que “yo nunca salgo ileso de nada” (p. 5).

Sus votos de modestia, la alergia a la grandilocuencia (“¿Por qué avergonzarme de mis inútiles transgresiones?” –p. 17), le tornan invulnerable a la presencia de las moscas (“Pero las moscas, ¡ay!, también  tienen hogar” –p. 21), y a la rapiña de la frustración:

“Yo, como tú, lo he dado todo/ y me quedé vacío,/ listo para la próxima cosecha”. (p. 36)

Los cuerpos son invocados en su evidencia sin sombra, en el poder (¿pudor?) de lo orgánico, en el prodigio de su presencia:

“los cuerpos todavía nos asombran./ (…)/El mal, tan atrevido,/ No los corrompe más. La vida corre./ Y aunque nada hay que el tiempo no lo borre,/ su pureza es más fuerte que el olvido”. (p. 35)

De otra parte, Quesada evoca el paisaje y las gentes de su costa Norte (de “la dulce tierra costera” –p. 13), del mar, del tren, de ese “paraíso de naranjos/ y de guineos floridos en el atardecer,/ una costa de cocoteros galantes y un cielo más intenso/ que los arándanos” (p. 9).

Las cosas están ahí con su color y su peso, no exentas de pesadumbre, pues bien sabe que todo poema puede ser un desesperado intento de “definir lo indefinible”, el terror, la apasionada avidez de nuestra condición:

vamos envejeciendo de la peor manera:/socavados/ hasta el lodo más íntimo (p. 44).

En El regreso del hombre el poeta revela la eficacia de la palabra. Pese a llevar prendido al cuello “un cofrecito amargo de cenizas” (p. 22), sus versos se cristalizan en vez de disolverse. En medio del “extraño delirio” de estar vivo, mantiene sereno el ánimo y fría la cabeza.

En el poema “No me pidan que gane dinero y me establezca” José Luis Quesada afirma: “Permitan que me encargue de la poca poesía que queda/ en este mundo,/ no porque sea yo el mejor, sino porque prefiero/ no hacer nada,/ salvo esperar (y hacer) que nazcan los poemas” (p. 30). A lo que cabría ripostar: “pero José Luis, eres el mejor…”.

Tegucigalpa, 14 de octubre del 2015

 

 

 

 

 

 

 

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