Celebrar la vida con difuntos

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Foto: Carlos Pacheco/Notimex

Eduardo Bähr

El dos de noviembre los latinoamericanos celebramos (no lloramos ni conmemoramos) a nuestros difuntos para recordarlos tal cómo fueron en vida, sin sus defectos, sin sus equivocaciones. Para celebrar la vida, no la muerte, sin la herrumbre religiosa y moral que trajeron los conquistadores. Consecuentemente, nuestra fiesta no contiene las amenazas cristianas del castigo, del purgatorio ni de la parrilla eterna del infierno, que esgrimieron desde la boca de los arcabuces, el piafar de los caballos y la enorme sombra de la cruz, como terror y espanto para mantener a media humanidad en la servidumbre y la sumisión.

La nuestra es una fiesta mesoamericana, latinoamericana y también Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.  Traemos a las calles calaveras y esqueletos convertidos en dulces que podemos consumir; bailamos con ellos, nos burlamos de ellos, como nos reímos de nosotros mismos; somos felices sin transición entre la vida y la muerte para probar que ambas son aristas indivisibles de un solo ser; metáfora precisa para fundirnos con nuestros difuntos en el culto al amor, al amor que les tuvimos y que les profesamos.

Ponemos sobre sus tumbas flores, comida, bebidas alcohólicas y platicamos con ellos como lo haríamos con el compadre en la cantina o en las plazas, puesto que “los rumbos destinados a las almas de los muertos están determinados por el tipo de muerte que han tenido, y no por su comportamiento en la vida”. En definitiva, nuestra fiesta no es una conmemoración religiosa; es uno de los más bellos aspectos de la antropología cultural de los pueblos, sin la deletérea contaminación de las hegemonías…

Me gusta pensar que en plena plaza pública, frente a la catedral, puedo bailar absolutamente feliz, con la osamenta de mis difuntos; mi compañera Nely, mis padres, mis hermanos, mi hijo… Que puedo contar chascarrillos y reír impunemente con las calaveras de Clementina Suárez, Roberto Sosa, Rigoberto Paredes, Roberto Castillo, Antonio José Rivas, Nelson Merren, Òscar Acosta, Chemita Palacios, Juan Domingo Torres, el Chino Napoleón, Rony Castillo, el Indio Aníbal, Filánder Díaz Chávez, Obed Valladares…; mover el esqueleto con un par de grandes amigos que vi una tan sola vez en La Habana y quedamos para siempre: García Márquez y Guayasamín…

Con Eduardo Galeano, quien vino a la Pedagógica antes de que su vida se hiciera humo de cigarrillo… Que puedo asombrarme ante las ironías de Medardo Mejía, de Andrés Morris. Todos, mis amigos. Con el mismísimo Juan Ramón Molina, a pocos segundos de haber fallecido el dos de noviembre de 1908, a los 33 años de edad.

Gozar y discutir con ellos a mandíbula batiente –literalmente-, porque no hay vida después de la muerte, sino vida a través de la muerte; con la obligación de que, cuando ya estemos hechos una pila de huesos, todo lo demás, carne, vísceras, sangre, alma y corazón, deba servir para que crezca un árbol, se alimente la tierra, crezcan los hijos de mis hijos y me sienta pleno de haber cosechado la risa de mis difuntos aunque tan sólo sea, de manera efímera, este dos de noviembre.

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