Giovanni Rodríguez: la confirmación del oficio narrativo  

la-caida-del-mundo-carc3a1tula-previaUna reseña de Dennis Arita sobre La caída del mundo, de Giovanni Rodríguez:

Ficción hereje para lectores castos (2009) fue un primer paso enorme en la carrera como narrador de Giovanni Rodríguez. Esta novela es un texto bien armado en el que Rodríguez mantiene el tono humorístico con una envidiable facilidad prosística.

Después de seis años en los que publicó dos libros con la reconocida firma Mimalapalabra Editores (Melancolía inútil y Café & literatura), Rodríguez vuelve a enfrentarse al exigente ejercicio de la buena prosa con su segunda obra narrativa: la colección de cuentos La caída del mundo, de la misma casa editora.

Compuesta por 28 relatos de variada extensión, desde dos o tres renglones hasta 13 páginas, La caída del mundo se divide en dos partes. La primera abarca 12 textos que podríamos apodar “realistas”, aunque la palabra “realismo” tal vez no sea exacta y pueda incluso restarles virtudes. La segunda parte comprende 16 historias en las que el autor se interna -como advierte en su prólogo- en los terrenos del sueño, “aunque tampoco llegan a ser fantásticas”. Rodríguez no dice en ningún lugar que esa división sea temática y aunque me atrevo a suponer que lo es, tengo que aceptar que en algunos momentos la delimitación se vuelve menos clara y rigurosa. Un ejemplo de esto es la inclusión, en la primera parte del libro, del relato La vie en rose, en el que parece evaporarse la frontera entre lo “real” (la problemática existencia del personaje que escribe novelas rosas) y lo “ficticio” (la novela que el personaje está redactando para un periódico).

Los demás cuentos de la primera parte de la colección se apegan a los códigos de lo que solemos llamar realismo, por falta de una palabra mejor. Por ejemplo, La persistencia de la locura puede leerse como el análisis despiadado del ciclo de las vidas violentas. En su concisa y sombría descripción de las circunstancias de unos personajes sin salida que solo aciertan a heredar la destrucción, Rodríguez sigue la línea de la narrativa “hard boiled” estadounidense.

Las frases cortas y el ámbito desolado se mantienen y hasta se magnifican en cuentos como Bulevar, Pasos y Familia. En cambio, en textos “europeos” como Thomas y un padre cualquiera y Pavel, el invierno, somos testigos de un ligero desvío hacia un territorio más amable, de fraseo menos cortante, aunque sin abandonar la atmósfera desesperante que rodea a los demás textos de esta sección del libro. A lo mejor este ligero cambio estilístico se debe a que ambas historias se desarrollan en Europa, entorno lejano, culto, prestigioso y, por tanto, menos amenazante que el hondureño.

El humorismo descarado que circulaba como una brisa refrescante por Ficción hereje para lectores castos está ausente de La caída del mundo, salvo por un ejemplo destacado: Episodio del fauno, que con escasas cuatro páginas se convierte en una especie de interludio cómico para romper con el tono opresivo general. He oído el rumor de que este cuento se basa en hechos reales.

En esta sección inicial del volumen sobresalen, para mí, dos relatos y lo que podría llamar una esperanza frustrada.

Los dos cuentos de los que hablo son Por haber perdido la memoria y La vie en rose. El primero me parece un ejemplo sobresaliente de economía expresiva –apenas dos páginas- en el que Rodríguez reserva con habilidad la sorpresa final; el segundo es una muy buena manipulación de la estructura que, creo, sufre un poco por su desenlace un tanto apresurado.

La esperanza de la que hablé se frustró en dos relatos contiguos –Bulevar y La persistencia de la locura– y no tiene nada que ver con su calidad, sino con un detalle que me parece voluntario: el primero relata la muerte por atropello de una muchacha y en el segundo se menciona de pasada: “A las veintidós años murió atropellada por un camión mientras cruzaba un bulevar en una madrugada loca”. Mi esperanza, lo sé, era ridícula: creí que Rodríguez emplearía este recurso a lo largo de todo el libro, pero luego sospeché que no era un recurso, sino una especie de vestigio. Explicaré más adelante por qué.

Esta primera parte se cierra inesperadamente con un cuento que más parece un poema en prosa y da título a la colección.

La segunda sección del libro me resultó menos atractiva que la primera; supongo que esa impresión será anulada por una nueva lectura. Se mantienen las virtudes de los cuentos iniciales “realistas”: precisión estilística (anunciada en el prólogo y, para los descuidados, remachada en la contratapa) y ambientación opresiva, pero con un giro hacia lo onírico, sin llegar a entrar, al menos flagrantemente, en el territorio fantástico.

Con los cuentos La periferia del sueño y Aviones me quedó claro lo que solo entreví al leer Bulevar y La persistencia de la locura: el vínculo entre cada par de historias se debe a que son vestigios que tal vez se desprendieron de un texto de mayor extensión. También es posible una explicación más sencilla: los dos relatos breves se separaron de los dos más largos.

De esta parte mis favoritos son tres: Una moneda llama desde el suelo, El visitante y Rígor mortis, especialmente el último, que en sus pocas páginas logra componer un espacio en el que el terror se convierte en una aguda metáfora política.

En suma, La caída del mundo no es una promesa: es la realización del buen oficio narrativo de Giovanni Rodríguez, quien ha sabido esperar los años necesarios para adueñarse de sus herramientas y aceitarlas con el contacto con los libros y con las vivencias diarias. La lectura de esta obra ha sido, casi siempre, emocionante. Tiene algunos defectos de corrección de pruebas que se resolverán fácilmente en sus próximas ediciones (porque las habrá) y hay que decir que la concisión excesiva de unos pocos pasajes me resultó sorpresivamente confusa. Rodríguez asegura en su prólogo que estos cuentos “reflejan… búsquedas literarias de hace algunos años” y menciona -sin disculparse porque no necesita hacerlo- su “dispersión temática”, pero son también relatos que han pasado por el tamiz de la sabiduría expresiva que solo dan la vida y las buenas lecturas.

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