Juegos, artificios y narradores rebeldes

perro-adentro-carc3a1tula-previaPor Giovanni Rodríguez

En los cuatro relatos que componen Perro adentro, segunda obra de ficción publicada por Raúl López Lemus, hay una voz narradora que interpela al lector constantemente, que lo invita a moverse, a observar ciertas cosas en momentos oportunos, involucrándolo en la trama de una manera distinta a la habitual, pero lo más curioso es que se trata de una voz que en algunos momentos llega a rebelarse a los designios del autor, lo cual genera la impresión (falsa, obviamente) de que esa voz es lo que prevalece, cuando lo que en verdad está detrás de todo, por supuesto, es el autor, y esto, así de bien logrado, resulta digno de reconocimiento.

Los temas de estos cuatro relatos podrían resumirse de la siguiente manera: una pareja hace el amor entre las olas mientras la madre de la chica está distraída en la playa; otra pareja decide encontrarse en un lugar solitario de madrugada, pero un intruso provoca un cambio considerable en los acontecimientos; un hombre entra a su automóvil y de pronto es el protagonista de una persecución delirante; un grupo de personajes en un barrio común y corriente combinan, sin saberlo, sus movimientos y terminan envueltos en una espiral de violencia. Pero más allá de las anécdotas contadas, lo que en realidad importa en este volumen es cómo se desarrollan esas historias aparentemente simples, cómo el autor juega con el tiempo y con la perspectiva para ofrecernos un libro atípico entre la más reciente narrativa hondureña.

Las cuatro piezas que componen Perro adentro bien podrían entrar, por su extensión pero también por ese ritmo, más relajado, de menor apremio, en la categoría de nouvelles. Destaca la primera de ellas, “Juego de mar”, que propone al lector precisamente lo que su título alude: un juego, que consiste en contar una historia, la de dos jóvenes amantes en su viaje a la playa, invirtiendo el tiempo lógico de una manera, diría, escalonada. Quizá la mejor referencia para una narración de este tipo sea la película Memento (2000), de Christopher Nolan; también podría citarse, en el contexto de la literatura hondureña, el cuento “El regresivo”, de Óscar Acosta, aunque, obviamente, hay enormes diferencias en cuanto a extensión y complejidad, en lo que gana el relato de Raúl López.

Los otros tres relatos proponen juegos similares con el narrador y con el tiempo de la narración. En “Perro adentro” otra anécdota aparentemente simple, la de una pareja que se cita en un lugar solitario de madrugada, es el pretexto para que el autor otorgue al narrador (los narradores, en este caso) un papel más importante que el de simple transmisor de lo acontecido entre los personajes. Aquí los narradores llegan a revelarse al autor, al que en algún momento llaman “escritorzuelo”, lo que nos enfrenta a los lectores, interpelados constantemente en las páginas, a preguntarnos cómo acabará la historia pues asumimos que no es el autor quien habrá de decidirlo sino esos narradores rebeldes, hartos ya de ser apenas un vehículo transportador de acontecimientos de un autor a unos lectores.

“Una tuerca suelta” es la pesadilla de un hombre que no logra salir de unos cuantos episodios puntuales, otra vez producto de la intención de Raúl López de sumergirnos en su propio tiempo de la narración, un tiempo que no se rige por las leyes naturales sino por esa voluntad suya de convertir los momentos simples de un individuo en fragmentos de una épica abrumadora. Un hombre entra a su automóvil en el estacionamiento de su lugar de trabajo y desde ahí se proyecta hacia una persecución delirante en la carretera o a los momentos previos a su decisión de entrar al automóvil, una acción que se repite varias veces y que funciona como eje sobre el que gravita toda la narración.

“Muerte en espiral”, el último relato del libro, va concentrando la atención del lector en algunos personajes; de cada uno de ellos proporciona una historia y todos juntos constituyen la historia mayor. El orden aparentemente caótico de los capítulos responde a una solución que tiene que ver con la identificación de esos personajes envueltos en una espiral de violencia que se desarrolla en un barrio cualquiera.

Como he sugerido anteriormente y me permito afirmar ahora, Raúl López Lemus es un narrador en forma, con pleno dominio de sus facultades literarias. Tres años después de la publicación de Entonces, el fuego, un primer libro de relatos que probablemente hayan leído unos pocos, este autor parece haber empezado a reclamar en 2015 el protagonismo que ya merece en el panorama actual de la literatura hondureña. Premiado hace algunos meses con el Centroamericano de Novela Mario Monteforte Toledo de Guatemala con un texto aún inédito, ha decidido enviar por delante los relatos de este segundo libro suyo, Perro adentro, quizá como un intento de reafirmarse como narrador y de preparar el terreno para la aparición de Alguien dibuja una sombra, la novela premiada.

Más que anécdotas en torno a ciertos personajes comunes y corrientes, el lector encontrará en Perro adentro ciertas intenciones narrativas, las que se derivan del perfecto conocimiento que el autor tiene sobre el género y que le permiten sobrepasar con facilidad la superficie sobre la que flotan la mayoría de los cuentistas actuales en Honduras.

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