Óscar Acosta, más allá de los años

Oscar AcostaPor Giovanni Rodríguez

Conocí a Óscar Acosta hace unos 15 años, durante un encuentro de poetas jóvenes celebrado en San Pedro Sula, en el Museo de Antropología e Historia. Entonces yo tenía 19 y cargaba adonde quiera que iba una carpeta llena de poemas. Si a alguien, entonces, había que mostrárselos, debía ser al poeta Óscar Acosta.

Yo había leído algunos poemas suyos pero lo que más atención despertaba en mi efervescencia de lector juvenil y aventurero eran sus cuentos de El arca, que conservaba de un suplemento literario publicado, cuando yo apenas era un cipote bien portado, por un azar misterioso, entre las páginas de algún diario nacional.

“El cacique Huantepeque asesinó a su hermano en la selva, lo quemó y guardó sus cenizas calientes en una vasija”. Recordaba bien esas primeras palabras del cuento “El vengador”, y la suerte de ese cacique fratricida, concebida por Acosta a mitad de la década de los 50, y el estilo contenido y certero de su escritura me parecieron dignos de mantenerse en la memoria de cualquier lector hondureño o extranjero durante muchos años más.

Era curioso que yo, siendo poeta (así lo habían dictaminado, no sé cómo, los organizadores de aquel encuentro), me viera más atraído por unos cuentos de Acosta que por sus poemas, pero en mi descargo, pensé que también era curioso que él, siendo eminentemente poeta, hubiese publicado en algún momento un libro de ficciones.

La primera jornada de aquel encuentro de poetas jóvenes lo vi de pie, en la entrada del auditorio del Museo, conversando con Sara Rolla. Era, por supuesto, desaconsejable interrumpir esa conversación sólo para mostrarle a aquel señor alto y elegante, conocedor del mundo, de quien había leído que el príncipe Ricardo, hermano del rey Harold, murió “victimado por su propia espada”, tal como lo había vaticinado una bruja, los primeros poemas que yo, ignorante de todo, había escrito, así que, en un instante de prudencia y sensatez, dejé pasar la oportunidad.

Más tarde en ese mismo día el poeta Acosta, Sara Rolla, dos o tres eminencias más y unos cuantos curiosos y soñadores poetas jóvenes, todos amigos, juntamos unas cuantas mesas en el área de la cafetería del Museo y ahí asistí al momento de compartir, en un ambiente más relajado y de camaradería, con una de las mayores glorias literarias del país. Mientras apretaba sobre mis piernas, bajo la mesa, la carpeta con mis poemas, lo escuché referir anécdotas con escritores extranjeros, uno de ellos Borges, a quien le preguntó, durante la Feria Internacional del Libro de Jerusalén en 1971, si conocía no sé si a Jaime Fontana, que había vivido en Buenos Aires, a lo que el argentino respondió con un rotundo “no” que en boca de Acosta sonó más bien a un “nou”.

Pasaron los años y yo publiqué mi primer libro de poemas, seguí puliendo mis versitos y con otro libro gané un premio en Guatemala, casualmente el mismo que Óscar Acosta había obtenido en 1961. Esa coincidencia hizo que Armando García, durante la presentación de una nueva edición de El arca realizada en el Centro Cultural Sampedrano en agosto de 2006 mencionara ante los asistentes la circunstancia de encontrarnos ahí, esa noche, Acosta y yo, “dos legionarios que golearon en Guatemala”. “Para mi compañero de Quetzaltenango”, escribió el poeta en mi ejemplar de esa nueva edición de El arca antes de su firma, y para mí esa firma vale lo mismo que las de Vila-Matas, Javier Marías, Saramago, Paul Auster, Castellanos Moya y Ricardo Piglia, que también presumo de tener.

Al poeta Acosta no volví a verlo después de esa noche de 2006; tan sólo escuchaba a algunos amigos que lo visitaban en Tegucigalpa hablar de su calidad humana, de su generosidad. De su casa nadie salía sin un bulto de libros, regalo del poeta, se dice. Y se dice también que esa casa es inmensa, de tres o cuatro pisos, todos forrados de libros, y que tiene una edición del Quijote en cada uno de los cuartos de baño. Aún en vida, el poeta ya había alcanzado casi una dimensión mítica, lo que me hace pensar en el hecho de que no tuvo que fallecer para que habláramos bien de él; ese derecho se lo ganó en vida.

Yo hubiese querido visitarlo alguna vez, conocerlo más, entrevistarlo quizá, preguntarle por el secreto de la eterna dignidad, a él, que fue un hombre de un respeto conservado durante más de ocho veces diez años, como habría dicho Borges; hubiese querido preguntarle cómo se llega a vivir tanto sin perder la calma, las formas, el buen humor, sin rebajar nunca su pluma, sin traicionarse nunca con ella; hubiese querido preguntarle cómo logró escribir unos cuentos que lo habían conservado joven en un panorama literario hondureño que casi siempre huele a viejo y está lleno de anacronismos, y ahí, entre una respuesta y otra, cuando menos se lo esperara, hubiese querido extraer de mi carpeta vieja algún poema mío para que, luego de leerlo, me dijera “nou, no había leído a este poeta anónimo hondureño”.

El asunto es que así estamos ahora, recordándolo de la manera en que a cada uno nos ha permitido la vida. Yo, entre esos escasos recuerdos, me quedo con esa tarde en la cafetería del Museo, escuchándolo, entre “chascarrillos y versos”, hablar de Borges, de Heliodoro Valle, de Vargas Llosa y de muchos otros escritores con los que conversó en algún momento, datos que cualquier futuro biógrafo del poeta querrá conocer.

Como escritor, Óscar Acosta logró algo de lo enunciado en su cuento “El regresivo”: “demostrar que la vida no sólo puede realizarse en forma progresiva”; su obra está aquí, entre nosotros, y buena parte de esa obra tiene más de 50 años de publicada, el tiempo que, según se dice, es la barrera entre lo efímero y lo perdurable en la literatura. Sus cuentos de El arca nos seguirán mostrando a un escritor joven, vigente y perdurable en la literatura hondureña, y el que se le considere de esa manera, sin discusión, es otra cosa admirable en un país como el nuestro, en el que el rencor y la envidia lo corroen todo.

“Descanse en paz/ les dicen a los muertos/ para que se refugien/ en su lápida”, pero también nosotros, como el poeta Acosta, podemos pedirle a él “que no descanse”, “que su nombre tiemble” para siempre.

Texto incluido en el libro Óscar Acosta, lucidez creativa (2015), compilado por Carlos López Contreras y Hernán Antonio Bermúdez.

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