La hoja de la espada

Hernán Antonio Bermúdez nos entrega en esta ocasión una reseña del libro Corazón abismo, de la poeta ítalo-uruguaya Martha Canfield, que recientemente estuvo en Honduras.

libro

“Separado por la hoja de la espada/ que entre sueño y vigilia/ protege el mundo vivo de las sombras”. p. 19

Corazón abismo de Martha Canfield fue publicado en México en el 2013, y es apenas el más reciente libro de poesía de esta autora ítalo-uruguaya, que se ha destacado también como ensayista y traductora.

Estudiosa profunda de la literatura hispanoamericana, Canfield ha logrado posicionarse como una de las críticas literarias más agudas y lúcidas del continente.

De criterios afilados, su erudición y bagaje le permite convertirse en una figura intelectual de primer orden. Pero a la par de su desenvoltura en el campo de las ideas, es dueña de una sensibilidad poética notable que se pone de manifiesto en Corazón abismo.

En efecto, se trata de un poemario que aborda la vida afectiva y pasional, las relaciones amorosas, la urdimbre de sentimientos “a flor de piel”, impregnada por el hálito de eros, “como el nudo invisible/ que a ti me tiene unida/ en el que ya me aprieto y ya me aflojo” (p. 33).

No puede dejar de señalarse la maestría con que la autora sabe combinar los sonidos del lenguaje, arma mortífera de evocación poética, a partir de una diafanidad y limpidez fuera de lo común.

En tal empeño acude a la sutileza, a los más delicados matices, a los vocablos y giros lingüísticos que no por parcos o reticentes dejan de dar cuenta de la pasión y del enamoramiento. En ese sentido, el poema “Para nombrarte” resulta ejemplar:

“Amarte como nunca lo creyera/ Lánguida abandonarme sin defensas/ El cuerpo frágil darte desarmado/ Sin querer más que tu calor creándome/ Sabiendo cómo ser según tu imagen/ Impregnada de ti en tu trampa presa/ Obnubilada sombra y por tu amor vencida” (p. 26).

Aquí el ritmo sincopado de las líneas es capaz de resplandecer y de otorgarle al lector uno de esos raros momentos de placer estético. Lo consigue de nuevo en “Los portones del cielo”: “…y tú me conducías/ a través de las aguas del aire descubierto/ a ese puerto secreto/ donde la ofrenda a la divinidad/ era mi cuerpo inerme/ en llamas y vibrante/ cruzado por la espada de tu deseo nuevo” (p. 35).

Me parece extraordinario que la poeta haya alcanzado a escribir unas líneas tan ardorosas y apasionadas merced a un arsenal verbal tan lacónico y esquivo. Pareciera, como diría Michael Hofmann (otro crítico, traductor y poeta), que hubiese sopesado cada palabra a fin de descartar cualquier asomo de peso inerte o de vaciedad. Sólo así liquida las trivialidades de la efusión amorosa sin por ello disminuir la intensidad expresiva.

Por supuesto, acecha de continuo el carácter frágil y volátil del amor (de suyo efímero), el riesgo constante de la pérdida y del desenamoramiento: “¿Por qué el amor por ti tiene que ser/ esta lenta agonía/ estas ganas tremendas de tenerte/ esta necesidad de ti/ del veneno que eres…” (p. 39)

La intoxicación erótica, por plena que parezca cuando el vínculo de la pareja se encuentra “al rojo vivo”, está sujeta al desmoronamiento, a las contingencias de la extinción y la derrota, desde “el espacio irredimible de la duda”  (p.27).

Por ello Corazón abismo celebra (mientras dura) “el ardiente laberinto/ que gira en torno al éxtasis” (p. 38) y, pese a su delicadeza y comedimiento, evoca lo expresado por el poeta colombiano Jorge Gaitán Durán (en su libro El libertino y la revolución, dedicado al Marqués de Sade):

“Cuando el deseo incendia a los amantes hasta que el orgasmo los funde en un solo ser, esta experiencia completa enriquece la imaginación para que el deseo se inflame de nuevo y los junte en una más alta tensión erótica… El erotismo es el esplendor supremo de la realidad”.

Nada como encontrarse con una poeta como Martha Canfield, capaz de atesorar memorias, de experimentar una rica y variada vida sensorial, y que sabe escribir con naturalidad y con un constante aire de asombro ante el mundo. Como dice ella: “…siento apenas el aliento tibio de la vida que pasa y que me observa, que observo mientras paso” (p. 27).

Tegucigalpa, 24 de febrero del 2016

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